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Si Buda hubiera conocido...

Si Buda hubiera conocido la realidad del pecado original

Siddhartha Gautama (Buda) es uno de los grandes personajes de la cultura religiosa del oriente. Fue el fundador de unas las más grandes religiones de la humanidad[1]. En la base de esta religión están las llamadas cuatro nobles verdades, a saber:

1.       El sufrimiento es inherente a la existencia humana
2.       El origen del sufrimiento está en el deseo
3.       El sufrimiento puede extinguirse cuando se extingue su causa
4.   El noble camino óctuple es el método para extinguir el sufrimiento (comprende tres partes; la sabiduría, la conducta ética y el dominio de la mente)

La salvación, según las cuatro nobles verdades, está en la supresión de todo de deseo, pues este es la causa principal de todo sufrimiento, al suprimir el deseo se llega la plena liberación del hombre, al nirvana, como lo llaman los budistas. En este sentido el deseo aparece como un mal a destruir, como algo totalmente contrario a la naturaleza humana. Conviene aquí preguntarnos: ¿Todo deseo es malo? ¿Si el deseo parece algo inherente a la naturaleza humana, entonces, qué sentido tiene? El deseo contribuye a la sobrevivencia del hombre, como lo es el deseo de comer ¿no sería atentar contra el mismo nombre al suprimir un deseo natural como este?

No se trata de juzgar a Buda, por querer suprimir el deseo como fuente del sufrimiento, si se ha entendido bien, tiene un gran mérito, pero que diferente hubiera sido su aporte a la humanidad si hubiera conocido la realidad del pecado y, sobre todo, el pecado del origen, del que procede todo mal y todo sufrimiento.

En efecto, a través de la doctrina del pecado original, revelado por Dios en la Escritura (Gn 3ss) y profundizado en la Tradición[2] se explica el origen del sufrimiento, de la muerte, de la naturaleza herida del hombre, su inclinación al mal, que es, en definitiva, el verdadero origen del sufrimiento.
En el orden de las cuatro nobles verdades, habría que decir que, con relación a la revelación divina, superior de cualquier intuición por profunda y noble que sea, hay que hacer unas precisiones:

El sufrimiento no es inherente a la naturaleza humana, es un accidente, es una consecuencia del pecado y del apartarse del proyecto original de Dios.

El deseo en sí mismo no es el origen del sufrimiento, sino el mal. Efectivamente el hombre tiene malos deseo, contrarios a su propio bien y felicidad, pero desde la teología del pecado original estos malos deseos que causan mal y sufrimiento se llama concupiscencia[3], que sería una condición trasmitida por propagación a toda la familia humana, después de que la primera pareja pecara. Por ello, no todo deseo es malo, es más el deseo es puesto y querido por Dios para buscar y hacer el bien. El deseo que quedo trastornado por el pecado original necesita ser orientado y dirigido por Dios y su gracia para que alcance su verdadero fin, pero no debe ser anulado, sería anular al mismo hombre, que es deseo infinito.

      Con lo anterior se comprende que la causa del sufrimiento no es el deseo, este es un bien necesario, así las cosas, el quehacer con el sufrimiento hay que buscarlo por otro lado, descartada la causa, la solución para este debe ser otra. Por la revelación cristiana se ve que el sufrimiento no debe ser rechazado, ni demonizado, sino que debe ser asumido en Cristo y desde él redimido, porque desde que el Dios encarnado lo asumió el sufrimiento dejó de ser maldición y se convirtió en camino de salvación y redención.

Por ello, suprimir el deseo, entendido como causa del dolor no salva, esto es un error, no es la causa del sufrimiento y sería quitar algo innato y esencial al hombre, eso sería en el fondo como volver al hombre a la nada, reducirlo a un estado primigenio de no-conciencia y nulidad, a una disolución de la conciencia personal en el vacío existencial, único estado en el que desaparecería toda aspiración.
El cristiano alcanza la salvación con una más viva y definitiva conciencia personal en Dios, es un yo en comunión con un Tú que sacia sus deseos más profundos de manera plena y definitiva y el camino no es la represión del deseo y la negación del sufrimiento, el camino consiste la unión de su deseo con el deseo de Dios a través del camino por él que él quiera conducirlo, incluido el sufrimiento.

    El noble camino óctuple estaría dirigido a enderezar todo deseo del hombre a Dios y a su voluntad, porque en el fondo, el sufrimiento que se quiere extinguir no tiene su origen en el deseo mismo, sino, en que este se ha desviado de su fin último que es Dios, y de ahí, el sufrimiento. Si este deseo se dirige solo a Dios y a su voluntad, fuente de toda felicidad y plenitud, el sufrimiento sencillamente desaparecería, sin necesidad de luchar contra él, ya que el corazón del hombre estaría tan colmado de dicha y gozo, que nada podría empañarlo o turbarlo.

En definitiva, si Buda hubiera conocido la realidad del pecado original, sus seguidores no lucharían contra el deseo como raíz del mal a erradicar, sabrían que a la base del mal hay una desobediencia original que trastoco todo deseo auténtico llevándolo a apartarse del proyecto del Creador y, por ello, a experimentar el mal y el dolor. Tendrían la viva conciencia de que el fin del hombre no es la disolución de la conciencia personal en la nada existencial, como podríamos interpretar el nirvana, sino que esta es la satisfacción plena y definitiva en Dios y con Dios de todo deseo auténtico, y siempre conservando el yo personal. La ascesis y la vida moral estarían dirigidas a corregir el deseo y con él la concupiscencia heredada, para que se conforme con el deseo de Dios, que sería lo mismo que vivir según su voluntad, porque, en definitiva, es el único que puede dar la felicidad anhelada por el hombre y suprimir el dolor, no por negación, sino por afirmación de la eterna bienaventuranza ante la cual toda oscuridad de dolor es iluminado por el gozo del amor. Si Buda hubiera conocido esta verdad del pecado original, la inclinación al mal, que parece un deseo natural y el sufrimiento que parece esencial al hombre, se percibirían en su origen real, de ahí, que ya no serían unas realidades a suprimir sino a reorientar y, el fin del hombre no sería la nada, sino la satisfacción plena de su deseo infinito en Dios.
  



[1] Entre 200 y 350 millones de seguidores en el mundo
[2] II concilio de Orange del 529 (Ds 371 . 372); Concilio de Trento (Decreto sobre el pecado original: Sesión V, 17 de junio de 1546); CEC 388 – 421
[3] Entiéndase en sentido negativo, como la herida causada al deseo natural del hombre por causa del pecado original

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