OBEDIENCIA A LA VERDAD
Hay varios tipos de obediencia,
civil, social, institucional, militar, auto-obediencia, religiosa, sacerdotal,
a la conciencia etc. Hay un tipo de obediencia que es muy sutil, pero de suma
importancia, esta es la obediencia a la verdad, es una obediencia que no se
impone puesto que brota del interior y lleva a una adhesión voluntaria a
aquello que se va descubriendo es verdadero, por ello es libre y pide que la
persona sea libre para que la pueda obedecer. Si la verdad se impusiera, el
acto realizado por quien padece la imposición, no sería libre, la adhesión a la
verdad no sería plena, sino condicionada, cosa que repele a la misma verdad. La
búsqueda de la verdad ha sido libre y así debe permanecer. Además la obediencia
a la verdad sintetiza todas las demás obediencias, porque quien es capaz de obedecer
a la verdad es capaz de obedecer a cualquier persona, institución, orden o
norma, siempre y cuando le ayude a obrar conforme a la verdad.
Antes de que se levantara el
telón de la historia, el hombre ya buscaba la verdad sobre el sentido de la
vida, de la muerte, el hambre, la abundancia, los cambios climáticos, sobre sí mismo, en pocas palabras el hombre
siempre ha buscado la verdad sobre la realidad. Al principio sus respuestas
eran arbitrarias y fantásticas, aunque
expresaban la sinceridad de la búsqueda, no eran adecuadas, las soluciones
eran un reflejo de como quería el hombre que fueran las cosas y no como eran en
realidad. Del sometimiento a esas falsas interpretaciones de la realidad se
desprenden varias consecuencias deshumanizantes, como el sacrificio de seres
humanos, la legalización de la esclavitud, el desprecio del cuerpo, la
mutilación ritual etc.
Sin embargo el hombre en su
búsqueda no se conformó con esas respuestas y sus consecuencias - bueno, algunos si, como
en toda época- pero los que continuaron
con la búsqueda eran hombres valientes que se hacían llamar filo-sofos, amantes de la sabiduría, en
oposición a los sofos, los que saben.
El filósofo desde su origen era un buscador de la verdad en su grado más
elevado. El sofista en cambio, es aquel que cree poseer el conocimiento, porque
maneja las palabras y el discurso para convencer de acuerdo a las
circunstancias o intereses, por ello el sofista era un hombre que forzaba la
realidad para que se acomodara a su parecer y querer; la realidad, así
expresada, no era la medida para el actuar del hombre, sino que el hombre se
convierte en medida de la realidad. No así el filósofo, que era un hombre
atento, que observaba y escucha la realidad para descubrir la verdad que ella
le desvelaba y guiar su vida según ella. El verdadero sabio es un
buscador, dócil y obediente a la verdad de
las cosas y de su ser.
Hubo un filósofo grande entre los grandes que enseño a los hombres que más
importante que el conocimiento del mundo, es el conocimiento de sí mismo.
Sócrates pide al hombre algo que a primera vista parece evidente: “conócete a ti mismo”. Las objeciones
iban y venían: “es evidente que existo”. Muchos creían que por el solo hecho de
sentir, de estar vivos, de obrar era suficiente. Sócrates hablaba de algo más profundo, hablaba
del conocimiento del propio ser, del yo,
que última instancia apuntaba al descubrimiento de la conciencia. A tan grande
reto algunos tenían miedo, pues era duro conocerse y desmentir la imagen que
tenían de sí mismos; a estos, Sócrates les diría que quien se conoce a sí mismo
y obra según su naturaleza, la verdad de su ser, podría llevar a cabo su misión
y alcanzar la felicidad. Con la obediencia a la verdad de su ser, a su yo más
íntimo el hombre podrá ponerse en buen
camino para realizar plenamente su vida.
Con todo lo grande del yo, de la
conciencia, la verdad del ser personal, esta verdad no era suficiente, la
verdad plena aún no se evidenciaba y la felicidad pregonaba no se alcanzaba.
Las escuelas éticas aparecen enseñando formas de vivir, conforme a lo que
entendían era la naturaleza del hombre, todas apuntaban a que el hombre
alcanzara la felicidad tan anhelada, pero sus aspiraciones más altas terminaban
con la muerte. Se encontraba una tranquilidad inmanente, pero la trascendente
que el ser del hombre suscitaba no se alcanzaba.
Los hombres buscadores de la
verdad no se conformaban con una felicidad meramente intramundana descubrían en
su interior que algo clamaba por lo infinito. Buscaban y buscaban pero no
alcanzaban tan alta verdad que su ser llamaba. El premio a la búsqueda y a la
inconformidad a las verdades parciales tendría su paga con la encarnación del Logos. La verdad que el hombre buscaba
vino a su encuentro; Jesucristo reveló plenamente al hombre el misterio del
hombre y de Dios, ahora todo tenía sentido; la realidad ampliaba su horizonte
hasta el infinito que se intuía en el corazón; La razón recibe su impulso y la
verdad plena podía ser conocida por la obediencia de la fe. Los misterios de
siempre, el dolor, la muerte, el hambre, la vida, la abundancia, todo tenía
sentido a luz de la fe. Las respuestas satisfacían, pero además ofrecían la felicidad
y eternidad querida si al Mesías obedecían.
Muchos buscadores, amantes de la
sabiduría a la Verdad (con mayúscula) se adhirieron y con el impulso de la fe
los misterios del mundo, del hombre y de Dios profundizaron. Ya todo tenía
sentido para quien en Cristo y por Cristo conocía la realidad, pues no solo el
saber se saciaba, sino que lo conocido pedía la gloria a Aquel que todo creo.
La belleza y el orden de todo lo creado mostro al hombre que todo era un himno
a su Hacedor, manifestando al mismo hombre que también él estaba llamado a tan
magna misión. La imitación de Cristo, modelo y medida del hombre auténtico y la
obediencia al mandamiento del amor era el camino para que el hombre glorificara
a Dios.
La obediencia a la Verdad da
gloria a Dios y en ella confluye todas las obediencias. Así como la obediencia
a lo que se iba descubriendo era verdadero
preparaba el camino para obedecer a la Verdad en persona, así la
obediencia a la Verdad en persona dispone el camino para que el hombre sea
obediente en toda su vida, a personas, instituciones y normas que último apunta
a la obediencia de la conciencia, donde para quien está atento, la misma Verdad
habla. La verdad pide libertad no para quitarla sino para orientarla y plenificarla;
para que el hombre sea más libre aún, porque la verdad os hará libres (Jn 8,
32).
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