La Teología Espiritual base de una síntesis teológica
En la
actualidad hay una dispersión en el conocimiento casi que insoportable, estamos
saturados de información, de datos aislados, de conocimientos especializados que
buscan cada uno a su manera imponerse. La teología no es ajena a esta realidad,
aunque comúnmente se ha dicho que la teología es una; dado la incapacidad de la
inteligencia humana para abarcar totalmente el misterio divino, este se estudia
desde diversas perspectivas, se hace énfasis en unos aspectos más que en otros,
y con ello aparece la pluralidad de métodos, perspectivas, corrientes para
estudiar los misterios divinos, que si bien tienen en común el estudio de Dios
lo hacen con presupuestos diferentes, esto ha llevado a la teología a una
fragmentación y pluralidad teológica, que si pronto no haya puntos de
convergencia, encuentro y relación interdisciplinar lo esencial del cristianismo se puede perder
y la fe cristiana puede convertirse en una maraña de conceptos y teorías que poca
incidencia podrá tener en la vida.
Uno de los
síntomas de esta fragmentación teológica es lo que Federico Ruíz Salvador llama
la “inflación doctrinal”. Esta inflación es el exceso de información
doctrinal que hoy inunda todos los medios de conocimiento y las principales
fuentes de donde los cristianos beben la doctrina. Esto ha ocasionado que haya
un hastío, un desencanto y una dificultad para asimilar las verdades de fe,
pues es tanta la información, que es muy difícil que un creyente lleve lo
conocido a la reflexión. La reflexión es el humus
donde las verdades de fe son asimiladas conceptualmente y afectivamente, y este
es el presupuesto indispensable para que
las verdades se vuelvan operativas, es decir sean vividas. Esta inflación
afecta la vida personal y en última instancia las instituciones eclesiales y la
Iglesia entera.
La
propuesta del autor para poner un “ta te quieto” a esta inflación doctrinal es
lo que él llama “síntesis de fe” o “sustancia creyente”, que consiste en
exponer de manera clara y sintética aquellas verdades de fe que no son explícitas o evidentes en sí
mismas, de manera que el creyente pueda reflexionarlas, asimilarlas conceptual
y afectivamente y así tenga una vida y existencia auténticamente creyente.
Otra
propuesta, que hoy por hoy se da en el ámbito teológico, para poner un límite a
la dispersión teológica, afirma que la solución está en la dogmática y teología moral, pues, para muchos,
constituyen una síntesis satisfactoria, pues la primera trata de elaborar un
compendio sistemático y orgánico de todas las verdades reveladas, de ahí la
necesidad intrínseca de dialogar con
otras ramas de la teología; y la segunda trata de determinar los modos
de vivir conforme al evangelio, es decir, conforme a la revelación.
En el
presente escrito, basado en el trabajo de Federico Ruiz Salvador y en su texto Funciones y dinámicas de la teología
espiritual, se tratara de mostrar como la teología espiritual constituye un
punto de enlace, no solo entre la dogmática y la moral, dos ramas fundamentales
de la teología, sino también de toda la
teología.
Por
naturaleza la teología es el estudio racional de Dios, es la profundización
creyente del misterio divino. Eso quiere decir que su estudio, aunque parte del
dato revelado, es propiamente racional, porque lo que busca es comprender y
explicar de una manera más fácil al
entendimiento los misterios divinos. Sin embargo la teología no se limita
solamente a ello. La teología es hecha por hombres y hombres creyentes. Esto
nos da a entender que sus conocimientos necesariamente afectan a la persona que
hace teología, pues la persona es una integralidad indisoluble, donde lo
conocido debe afectar su pensamiento, su voluntad, su afectividad y su obrar.
Sabemos que
desde el principio la teología se ha hecho por hombres creyentes, hombres de
fe. Los Padres de la Iglesia, sin temor a equivocarnos, fueron los primeros en
hacer teología con rigor, pero su finalidad no era solamente conocer el
misterio divino, su finalidad era conocer para vivir el misterio, para vivir a
Dios. Su teología fue conocida como teología sapiencial, ya que era una
sabiduría que permitía comprender a Dios hasta donde la inteligencia lo hacía
posible y esto para poder vivirlo mejor. Las catequesis mistagógicas, son un
fruto de esta teología, que más que dar a entender el misterio divino, lo que
buscaban era hacer perceptible el misterio, poner en relación al creyente con
la divinidad, de manera que tuviese un encuentro personal con Dios, a nivel de
conocimiento intuitivo, afectivo y que llevará a la transformación de la vida y
las instituciones.
Este modo de hacer teología ha acompañado la
reflexión teológica de la Iglesia en casi toda su historia, con uno que otro
matiz y excepción. Por ello encontramos en la Iglesia diversidad de teologías
como lo han sido la teología monástica, la teología escolástica, la teología
franciscana, la teología mística; pero todas con algo en común: conocer a Dios
para vivir lo mejor, para alcanzar la perfección en el amor.
A partir del racionalismo y de la ilustración
es que se ha querido separar radicalmente la inteligencia de las otras
dimensiones humanas; el estudio científico de otros modos de conocimiento; la
reflexión de la práctica. Esto es un lastre que hoy por hoy venimos sufriendo.
Esto ha ido afectando también a la
teología, pues hay muchas corrientes que separan la razón de la fe y el conocimiento de la vida, convirtiendo así,
la teología en un edificio conceptual infecundo y estéril para la vida y la
edificación del creyente y de la Iglesia.
Es ahí donde la Teología Espiritual debe hacer
su labor. Ante una teología fragmentada, especializada y conceptualista, con
poca incidencia para la vivencia creyente del evangelio, la teología espiritual
aparece como punto de convergencia, de encuentro entre conocimiento y vida,
entre fe y caridad, entre las disciplinas teológicas teóricas y las disciplinas
teológicas prácticas, ya que la teología espiritual fundándose en los estudios
de una y otra y con sus propios estudios acerca de los principios, procesos y
medios de desarrollo de la vida espiritual, elabora una síntesis de doctrina y
conocimiento pero con miras a que el creyente alcance su plenitud, su
perfección la santidad lo que en si dará sentido a toda la reflexión teológica.
La teología espiritual entonces es un antídoto
a la dispersión teológica, pues reúne en sus estudios los resultados de las
ramas teológicas especializadas, aporta sus propios resultados acerca de la
dinámica y desarrollo de la vida espiritual, y ayuda al creyente a encontrar
caminos de crecimiento que lo lleven a la plenitud de la vida cristiana, es
decir a la perfección en la vida divina, a la perfección en el amor, que es la
finalidad última de la existencia en la tierra y por ello también es una
finalidad de a la que la teología debe contribuir. La teología espiritual ayuda
a que las distintas teologías encuentren su punto de convergencia y síntesis en
la vida del creyente en su relación con Dios.
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