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La justicia en el mundo ¿Dónde empieza?

La justicia en el mundo ¿Dónde empieza?

Hoy por hoy, gracias las revoluciones socialistas y comunistas, se habla de justicia por doquier, pero también hay que decir que, hoy como ayer y desde que el hombre es hombre, la injusticia a atiborrado la historia. Ni los esfuerzos de gobiernos, tanto de tinte socialista como capitalista, ni instituciones sin ánimo de lucro han podido erradicar la injusticia en el mundo, cuanto más, han sembrado la conciencia y la necesidad de un cambio, pero de llegar a una transformación eficaz a una sociedad justa y equitativa, hay que decirlo con crudeza, se está a años luz. A este punto, y sin más preámbulo, cabe, entonces, preguntarnos: ¿Qué pasa? ¿Por qué los deseos y esfuerzos de tantas personas e instituciones no han dado frutos globales y estructurales? ¿Qué hay que hacer? ¿Por dónde hay que empezar?
En este breve texto no se trata de hacer un análisis exhaustivo de la realidad -de estos hay muchos-, ni tampoco de ofrecer una solución contundente al cambio de la sociedad, simplemente se trata de dar una breve reflexión acerca de lo que, a mi juicio y a la luz del evangelio y el magisterio de la Iglesia, sería el camino -no sé si el mejor-, pero si seguro para llevar a un cambio de las estructuras injustas de la sociedad.
Hay que partir de un principio: las estructuras sociales están constituidas por personas singulares y concretas. Cada persona es como una piedra que aporta lo que es a la edificación de las estructuras sociales, llámense institución, gobierno, país, Iglesia, etc. Las estructuras sociales no son realidades en sí mismas, sino que están constituidas por individuos que tienen su vida, piensan, sienten y actúan. Es el individuo quien configura la estructura y no al revés, solo, y mucho después, es que el hombre se sostiene y se beneficia de ella.
Esta dependencia tan radical de las personas que constituyen la estructura, nos lleva a afirmar que las estructuras sociales serán lo que sean sus compontes fundamentales, es decir, los hombres concretos. De lo anterior, se puede sacar una consecuencia lógica: solo el hombre es justo, las instituciones humanas lo serán, mientras este lo sea. Eso quiere decir que si queremos renovar radicalmente la sociedad desde su raíz hay que empezar por el hombre concreto, usando una expresión de Unamuno: “el hombre de carne y hueso[1]
Así entonces, nuestros interrogantes iniciales nos llevan a uno solo: ¿cómo formar al hombre para que sea justo? En la historia algunos personajes ilustres han dicho que el hombre será justo mientras no tenga la oportunidad de ser injusto ¿Es cierto esto? Desde la fe cristiana hay que decir que no, pues el hombre puede ser justo, y justo de verdad, sin necesidad de la ley coercitiva, ni de estar bajo la observancia de los demás hombres, esto, porque puede aprender a unir justicia y amor e ir más allá del precepto legal para regirse por la ley de lo que más agrada a Dios y de lo que más bien hace al hombre en orden a su bien temporal y a su bienaventuranza eterna.
El cristianismo mira con esperanza al hombre y consiente de la gran dignidad y el inmenso potencial que el creador le ha dado lo invita a caminar por el sendero del Evangelio. El Evangelio tiene la fuerza capaz de transformar a el hombre desde su más profundo ser, pues en él, oculto, está el poder de Dios que no solo mueve bajo el impulso de un hermoso ideal, y por ello, no solo modifica actitudes y disposiciones para obrar bien, sino que transforma al hombre ontológicamente, en su mismo ser.
Dios en Jesucristo a restaurado al hombre para que viva en armonía con Dios y con los hombres; en Jesús se unen indisolublemente la relación del hombre con Dios y con los demás hombres[2]. Jesús no solo mostró un camino por el que los hombres pueden transitar, Él es el camino, la Luz que ilumina ese Camino, y ese camino, lleva a la Vida, vida verdadera que conduce a ser auténticamente justo.
El hombre que se decide caminar en y con Jesús será capaz de superar cualquier obstáculo para hacer el bien y regirse por la ley del amor, de lo más perfecto a los ojos de Dios, ya que es consciente de que su recompensa no solo termina con su peregrinar en esta tierra y no solo da frutos para este mundo, sino, y también, de vida eterna. Por ello, para vivir la justicia, no tendrá que caer bajo la mirada de los hombres y de la ley, pues espontáneamente y por amor irá más allá del dar a cada quien lo que le corresponde.
La justicia del dar a cada cual lo que le corresponde -aunque todos los hombres la vivieran-  en el fondo no transformaría las estructuras injustas, pues parafraseando a Josef Pieper, la justicia sin caridad degenera en crueldad[3], en legalismo que simplemente se limitaría hacer lo que se tiene que hacer, como lo dice la letra, sin tener en cuenta las circunstancias concretas y las enormes desigualdades que rigen el mundo de hoy. Los apegados a la justicia rasa: “como lo dice la letra”, no serían capaces de reparar aquello que otros no han dado, según les corresponde.
Para que el mundo revierta toda una historia de injusticias no basta que hoy cada persona dé a cada cual lo que le corresponda, hace falta más, dar más de lo que toca. Solo hombres valientes, penetrados por el evangelio, se atreverán a dar más de lo que les toca, y estos serán capaces de ir transformando el mundo y sus estructuras a la verdadera justicia, que brota del amor a Dios y desde Él al hombre.
Como lo ha demostrado la historia y mientras pasa este mundo, no todos los hombres se atreverán a ser justos, ni siquiera en la sencillez del dar a cada cual lo que le corresponde y mucho menos la justicia evangélica que no solo pide dar lo que corresponde, sino que agrega: “y más”. E incluso, pide ser justos con los enemigos (Cf. Mt 5, 38 - 38). Sin embargo, para esto hay solución: el evangelio, Jesús, el amor de Dios que transforma al hombre y lo lleva a dar más de lo que se pide.
La esperanza de un mundo justo, entonces, recae sobre aquellos que han conocido el evangelio, que se han beneficiado directamente con la entrega sin reserva de Jesús para suplir las injusticias del hombre para con Dios y con el mismo hombre. Sobre los hombros de esos hombres creyentes, es sobre los que recae la responsabilidad de un mundo mejor, pues ellos en su esfuerzo por irse transformando en hombres buenos, como Dios lo quiere, irán transformando las estructuras en las que se encuentran insertos. Ya que si el hombre es bueno y justo; las estructuras de las que hace parte serán buenas y justas.



[1] Unamuno, M. (1966). “El hombre de carne y hueso”. Del sentimiento trágico de la vida. En los hombres y en los pueblos. Madrid: Plenitud.
[2] Sínodo de los Obispos, La justicia en el mundo hoy, 1971
[3] Pieper, J. (2003). Las Virtudes Fundamentales. Madrid: Rialp S.A.

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