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Como un niño en los brazos de Dios

Como un niño en los brazos de Dios - SALMO 130 (131)

Este salmo que en la liturgia de las horas, en su versión en española, viene titulado: como un niño, Israel se abandonó; en brazos de Dios, expresa en esencia la intención final del salmista, que no es más que la invitación al orante, y con él, a todo pueblo el de Israel a confiar humildemente en Jhwh. En este breve análisis al salmo 130  se pretende descubrir los sentimientos del salmista expresados en el salmo y al mismo tiempo, aproximarnos a la experiencia subjetiva que lo lleva a reconocer humildemente sus límites, confiar decididamente en Dios  y a exhortar a la comunidad a abandonarse en los brazos de Jhwh.
En el v. 1 expresa que tipo de salmo es: de subidas, y a quien se atribuye: a David. Y sin más preámbulo empieza la oración. De primera intención y con la imagen del corazón y de los ojos expresa la actitud del orante; que no tiene corazón ambicioso, ni ojos altaneros. Después, en el mismo versículo, confirma esa actitud con la elección interior: no apunta a grandezas que están por encima de sus fuerzas. En el v. 2 la actitud y la elección interior se convierte en un comportamiento, expresado hermosamente con la pintura del niño que desea,  pero que se abandona y descansa en los brazos de la madre; como esperando a que ella, que si puede darle lo que quiere, se lo dé a su tiempo y en el momento que más conviene. Seguido de esta experiencia personal, el orante descubre que esta debe ser la actitud de todo creyente, por ello en el v. 3 viene la exhortación que invita a todo Israel a confiar siempre en Jhwh.
Aunque son varias las traducciones de este salmo, y las expresiones y palabras que expresan un mismo contenido varían unas de otras, conviene, como se ha hecho hasta el momento, acercarnos al contenido con la traducción hecha para la liturgia de lengua española, porque quizás es la que más presente está en el pueblo de Dios y en quienes nos acercamos diariamente a rezar los salmos.
Es un salmo corto, pero denso en su contenido; en apenas tres versículos expresa las actitudes fundamentales de todo creyente ante Dios: humildad y confianza. El creyente debe reconocer  su pequeñez y poquedad frente a Dios y sus proyectos, y sin embargo, y pese a que el desaliento amenaza la existencia, para el orante el reconocer humildemente el límite, lo debe llevar al abandono confiando en Aquel que todo lo puede; para que su límite se convierta en posibilidad de trascender y en impulso para alcanzar cosas más grandes aún que las establecidas por su horizonte existencial. El orante que humildemente reconoce su límite está dispuesto y abierto a acoger de Dios y con Dios las fascinantes en insospechadas realidades que le pone en frente.  ¡Acaso no es “locura” salir de sí mismo, de su seguridad, de la confianza  en sus propias fuerzas y de lo que se tiene a la mano, para confiar en la fuerza misteriosa, invisible e impredecible de Dios que promete salvación, plenitud y felicidad, y estas acariciadas solamente por la esperanza! Este riesgo, esta aventura solo la asume el humilde, que no confía en sus propias fuerzas y deposita toda su esperanza en Dios.
El salmista invoca al Señor diciéndole que no hay orgullo, ni prepotencia en su corazón y mucho menos arrogancia en su mirada, pues reconoce la absoluta suficiencia y grandeza de Dios, y al mismo tiempo y tras la mirada a la divinidad,  su incapacidad y pequeñez. Por ello es que es consciente de su capacidad, del límite que le dice hasta dónde puede llegar por sus propias fuerzas. Más que rechazar todo lo que anhela su corazón, lo que busca es poner ante la mirada de Dios los grandes ideales que hay en él y que él no se ha puesto.
El salmista, expresa como el hombre por naturaleza tiene grandes deseos, al igual que el niño que sin ser consiente, instintivamente desea mamar de los pechos de su madre y saciar su hambre, así el orante tiene grades proyectos que le desbordan y sobrepasan, pero del mismo modo que el niño espera en su madre a que sacie sus deseos, el orante se abandona en Dios y espera a que Él le ayude alcanzar y le dé lo que desea.

Al final, esta experiencia subjetiva del hombre creyente se convierte una experiencia de todo ser humano, pues este tiene deseos que le sobrepasan, que él mismo no se ha puesto y que por sus mismas fuerzas no puede alcanzar, por eso es que debe reconocer que esto, que ha sido puesto por Dios, solo lo puede Dios puede dárselo, y por ello como el niño en brazos de su madre debe confiarse siempre a Él.

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