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Ayer hoy y siempre el camino de la Iglesia es el hombre

Ayer hoy y siempre el camino de la Iglesia es el hombre

Rerum Novarum y la cuestión social, paradigma y guía de reciente reflexión social de la Iglesia

El motivo fundamental de la Carta Encíclica Centesimus Annus es la conmemoración de los cien años de la Rerum Novarum, brillante encíclica con la que paradigmáticamente se abre la reflexión sistemática de la Iglesia sobre los problemas sociales.

La cuestión social empieza a tener un campo especial dentro del magisterio de la Iglesia gracias a la encíclica leonina, al mismo tiempo esta encíclica le dio carta de ciudadanía la Iglesia en las realidades cambiantes de la sociedad civil. La Iglesia a la luz del evangelio podía opinar, iluminar y dar aportes en orden a solucionar los problemas sociales del hombre. La religión no se reduce al ámbito privado, como pretendían muchos, sino que tiene aportes claves para la edificación de una sociedad justa y en paz.

El contexto de la Rerum Novarum fue el periodo inmediatamente siguiente a la revolución industrial. La revolución de las máquinas trajo nuevos cambios en la vida de los hombres y las sociedades, aparecen las empresas y las industrias, el hombre anteriormente sometido al señor feudal ahora está bajo el dominio del señor burgués. El afán de producción y lucro llevó al sometimiento del hombre a las condiciones más infrahumanas: excesivo tiempo de trabajo, salarios injustos, niños y mujeres tratados indistintamente, ningún tipo de seguridad, en fin, el hombre despojado de toda dignidad personal se había convertido en un engranaje más de la gran maquina productiva.

Una de las primeras respuestas fue la marxista que, aprovechando de estas personas desposeídas de todo valor, incita a la lucha de clases, con la que se pretendía la supresión de toda propiedad privada y con ella la igualdad para todos. Más adelante y a la luz de la encíclica se hará la respectiva crítica.
El magisterio de la Iglesia no se podía quedar incólume, alza su voz ante los reales abusos a los que eran sometidos los obreros y al mismo tiempo, denunciaba las soluciones erradas que aparecían en el horizonte, como lo era el marxismo.

El problema social de los obreros y la solución errada del marxismo llevo al pontífice a determinar algunos principios: a nivel general y universal, afirmó que: No existe una verdadera solución a la cuestión social fuera del evangelio y, a nivel particular, respecto a la cuestión social que le ocupaba, afirmó: 

1. La necesidad inalienable del trabajo.  Este pertenece a la vocación misma de toda persona; 
2. Contra las ideas marxista habla del derecho a la propiedad privada. No lo absolutiza, pues unido a ella deben ir del destino universal de los bienes. 

Después estableció una serie derechos

1. Derecho natural del hombre a formar asociaciones privadas
2. Derecho al justo descanso. Necesario la limitación de las horas de trabajo; 
3. Trato diferenciado y especial a las mujeres y los niños
4. Derecho a un salario justo
5. Derecho a cumplir libremente los propios deberes religiosos.

Después de establecer unos principios y derechos, el pontífice continúa con la crítica a los sistemas económicos: al liberalismo, en esencia, llama la atención sobre los deberes de estado, pues este debe favorecer a todos, especialmente a los pobres y desprotegidos, ya que los ricos tienen mejores condiciones y se pueden defender mejor. Al socialismo le dedica un capítulo entero y reafirma el derecho a la propiedad privada. Afirma que a la base del socialismo hay un problema antropológico: diluye la persona individual en el aparato estatal; de la alienación del sistema burgués la lleva a la alienación del estado, en su base también está el ateísmo materialista que impide descubrir al hombre su origen y su fin sobrenatural reduciéndolo a la mera materialidad y a la satisfacción de sus necesidades físicas básicas. El no reconocer la dignidad y la auténtica naturaleza del hombre lleva a la supresión de toda moralidad y poner todo al servicio de la lucha de clases que, sin importar los medios, lícitos o ilícitos, quiere establecer la sociedad igualitaria.

El fundamento de la encíclica leonina, con el que juzga todo el problema social tanto el obrero como el marxista, es la persona humana y su dignidad. Por ello y junto a lo anteriormente dicho es que esta encíclica es paradigma y modelo de toda la doctrina social de la Iglesia.
Método implícitamente usado, que después será extendido a toda la Iglesia, fue el ver, juzgar y actuar: vio el problema obrero y la solución errada del marxismo; juzgó a la luz del Evangelio y la dignidad de la persona humana; actuó estableciendo principios inviolables y determinando derechos a los que toda persona debe acceder, que inspirarían los cambios y reformas sociales que más adelante se darían.

Centesimus Annus y los nuevos problemas

Inspirado en León XIII, en el método usado, los principios establecidos y afincado en la dignidad y la verdad del hombre, Juan Pablo II, empieza a dar sus aportes y juzgar retrospectivamente la realidad social inmediatamente después de las guerras mundiales y sus años posteriores, dando al mismo tiempo criterios de salida a la crisis de su tiempo.
Dice que, de la mala concepción de la libertad humana, que lleva desobedecer la verdad y, por ende, al deber de respetar a los demás hombres, tuvo sus consecuencias nefastas en las guerras mundiales. Aunque después de las guerras se silenciaron los fusiles, sin embargo, esto no significo el establecimiento de la paz pues para ello se necesitaba una sociedad justa y el respeto los derechos humanos. De ahí que el deseo de una sociedad justa y la consolidación de los derechos humanos son faros que han guiado los cambios de la sociedad de la postguerra. Algunos de sus frutos se vieron en el año 1989[1], por ello, el papa lo muestra como estandarte de la esperanza para la consecución de la verdadera paz.
Si la raíz de los problemas está en la negación de la verdad y de la dignidad humana; la esperanza del cambio surge de una renovada consciencia sobre la necesidad de la verdad natural y sobrenatural[2] y de la inviolabilidad de los derechos humanos. Principios indispensables para hacer frente a los nuevos problemas latentes en el horizonte, como: los rezagos de totalitarismo y autoritarismo; la presentación de ideales utilitaristas como con fin último del hombre y los nuevos fundamentalismos religiosos que niegan los derechos a personas de otros credos.
Del mismo modo que León XIII habló a favor de la propiedad privada y su indisoluble unión con el fin universal de los bienes, el papa polaco dedica un gran apartado. Enseña que el uso de los bienes, confiado a la propia libertad, está subordinado al destino primigenio y común de los bienes creados y también a la voluntad de Jesucristo, manifestada en el Evangelio. La propiedad privada, por su misma naturaleza, tiene también una índole social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes, que, a su vez, deben contribuir al auténtico desarrollo del hombre. Por ello, afirma que la finalidad de la empresa no es capitalizar, sino prestar un servicio a las personas y a la sociedad entera buscando la satisfacción de sus necesidades fundamentales, que no se reducen a lo físico, sino, que están destinadas al crecimiento del hombre integral en su dimensión interior y espiritual. Para el desarrollo del hombre integral es necesario una obra educativa y cultural que comprenda la educación de los consumidores para un uso responsable de su capacidad de elección, la formación de un profundo sentido de responsabilidad en los productores y sobre todo en los profesionales de los medios de comunicación social, además de la necesaria intervención de las autoridades públicas. El hombre debe aprender que es más importante el ser que el tener o el gozar. El estar mejor debe llevar al hombre a ser mejor. La belleza, la verdad, el bien y la comunión entre los hombres debe ser los criterios que determinen las opciones de consumo, ahorro e inversión.
Luego, denunció un nuevo problema social, con su respectivo error antropológico. Lo que ha llevado al deterioro del ambiente consiste en que este se ha hombre creído dominador absoluto de la naturaleza y no un colaborador de Dios para administrarla. El hombre impulsado por el deseo de tener y gozar, más que de ser y de crecer, consume de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra y su misma vida. Enseña que el camino que llevaría a la solución de estos problemas está en la obediencia a la verdad sobre Dios y sobre el hombre, ya que esta es la primera condición de la libertad que permite ordenar las propias necesidades, los propios deseos y el modo de satisfacerlos según una justa jerarquía de valores, de manera que la posesión y utilización de las cosas sea para él un medio de crecimiento integral.
Otro problema que indica el papa es el de la “ecología humana”, es decir el del ambiente vital de desarrollo de todo hombre: la familia. Se atenta contra ella con el aborto y la negación de la vida y, actualmente, con la ideología de género y los “matrimonios” gay. Aquí también la solución está en la obediencia a la verdad sobre la sexualidad humana y de la familia natural.

147 años después de la RN, el camino de la Iglesia sigue siendo el hombre

Finalizando, enseña el papa polaco, que el estado es necesario para desarrollo normal de las actividades humanas, tanto las espirituales como las materiales. Habla de la legítima distribución de los poderes en legislativo, ejecutivo y judicial, en donde el soberano es la ley correcta y no la arbitrariedad del partido o el gobernante de momento. Denuncia que el totalitarismo es la negación de un estado legítimo y que nace del desconocimiento de la naturaleza trascendente de la persona humana, imagen de Dios y por lo mismo sujeto de derechos inviolables, que en muchos casos lleva a la negación de la Iglesia que da criterios objetivos de bien y de mal. Por ello a la base de la auténtica democracia esta una auténtica concepción de la persona humana.
La Iglesia no habla de esta o aquella democracia o de este o aquel partido, sino que su principal aporte es mostrar la auténtica dignidad de la persona humana; esta es la mayor contribución que la Iglesia de hoy, el de ayer y de siempre puede dar. La Iglesia es custodia de la verdad revelada y, por ello mismo, de la verdad del hombre, pues quien más puede esclarecer el misterio del hombre que el mismo Dios. Por eso la Iglesia de ayer, la hoy y la del futuro no dejará de alzar su voz para, a la luz del evangelio y según la auténtica dignidad del hombre, juzgar las realidades que oprimen al hombre tanto a nivel personal y social y en esa misma luz establecer criterios y guías para solucionar los problemas.




[1] Uno de los principales acontecimientos fue la caída del muro de Berlín, signo de la caída del comunismo y el totalitarismo en Europa. Alrededor de él se van daban nuevos cambios a nivel político alrededor del mundo como lo fue la caída de régimen dictatoriales en américa, entre otros.
[2] No hay progreso auténtico sin el respeto natural y originario a conocer la verdad y vivir según la misma.

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